Los poetas neoclásicos,
tan ilegibles hoy como nosotros
lo seremos mañana,
llamaron a su círculo La Arcadia,
se dieron nombres de pastores
—Varilio, Tulio, Calcas,
Licio—,
ocultaron el nombre de sus
amadas
bajo el velo de Cloris, Filis, Delia;
escribieron
églogas rococó en almíbar
rancio
y no en seda y mármol como
los verdaderos antiguos;
quisieron darle al deseo sexual
una ilusión falaz de
clasicismo,
porque lo que anhelaban en
verdad
era fornicar libres al aire libre
con ninfas y con dríadas
como en la Edad de Oro.
“La Arcadia” – José Emilio Pacheco


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