Ella tenía en los ojos el color de sus sueños
la sonrisa colmada por un limpio anhelo
su cabello era brisa columpiando sereno
entre las liviandades del amor y el deseo.
Sus pies dejaban huella de su paso certero
al ir sembrando vida con su voz, que era
verbo
soplaba una caricia de su tacto que, inmenso
corregía los dolores que la hacían universo.
Ella, agreste y sublime
ella, fuerza y misterio
fue elevándose libre
cobijada en el tiempo.
- Doralicia Hernández Sánchez



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