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jueves, 21 de diciembre de 2017

Inventario: The dream is over. Por los caminos de John…

John Winston Lennon (1940-1980)
INVENTARIO: THE DREAM IS OVER. POR LOS CAMINOS DE JOHN

Por José Emilio Pacheco

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Poema anónimo mexicano (octubre de 1966): "...despidamos el radiante estruendo de la música (muy pronto sonará contra nuestra nostalgia)..."

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Diario de un joven de los sesenta: 1967, 25 de junio, domingo: "Vi el primer programa de televisión que se trasmite por satélite a todo el planeta. Los Beatles cantan 'All you need is love'. El videoteip se guardará como una cápsula del tiempo y volverá a pasar el año 2000. Si uno vive para entonces, será intolerablemente doloroso ver a los Beatles y escuchar esa canción treinta y tres años después."

3
Lennon encarna los sesenta como Scott Fitzgerald simboliza los veinte. Ambos han muerto casi a la misma edad y a la exacta distancia de cuarenta años. En una nota agregada a Enemies of Promise escribió Cyril Connolly: "Sea cual fuere su situación como escritor, ahora se encuentra firmemente establecido como un mito, una versión norteamericana del Dios Agonizante, un Adonis de las letras que nació con el siglo, floreció en los veintes, en la Era del Jazz que expresa perfectamente y casi fue su creación: luego se marchitó durante los treintas para expirar —como debe morir una deidad de la primavera y el verano— el 21 de diciembre de 1940, en el solsticio de invierno y en el fin de una época."

4
El grafiti en una pared de Coyoacán durante el 68 mexicano:
"Cronopio: mezcla de Beatle y Che Guevara."

5
O el otro grafiti en una esquina del bulevar Sebastopol en el París de 1968:
"Vladimir Illitch Lennon."

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Entre quienes cronológica y estrictamente pertenecen a su generación, a diferencia de los seguidores jóvenes de su obra, tres actitudes ante el absurdo camusiano de su muerte: Unos se quedaron fijados en los sesenta, son lamentables adolescentes de casi medio siglo y desde las primeras horas del martes se encerraron a escuchar (con el acompañamiento respectivo) los viejos discos, las antiguas cassetes hasta que se vuelvan polvo y ceniza como Lennon. Otros (el patetismo de sus rostros en la televisión) salieron a las calles para llorar por él, por su propia juventud abolida, por lo que no volverá jamás, por el mundo aplastado antes de llegar a ser, "la pérdida del reino que estaba para mí". Algunos se mostraron indiferentes: "Sí, claro, su música me gustó en mi adolescencia, cómo no. Pero en fin, ahora ya qué importa. Tengo muchas cosas en qué pensar y ya ni me acordaba. Un drogadicto, un exhibicionista. Tenía que acabar así".

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Nadie, ni siquiera Shakespeare ni el Departamento de Estado norteamericano, hizo tanto como él por la difusión del inglés. Millones lo aprendieron en sus discos. Otros memorizaron sus letras sin saber lo que significan. Para ellos y ellas son simplemente otra forma de música, verdaderos poemas sin palabras.

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La poesía de Lennon, indesligable de sus canciones, resulta intraducible. Sus dos libros, In his own write, A spaniard in the works, son brillantísimo popnonsense que se resiste aun a la más ingeniosa de las paráfrasis. ¿Cómo hallar equivalentes para "He bad inmigrateful from his little white slum in Barcelover", por ejemplo? Y lo mismo sucede con las letras. Así como en los dibujos que ilustran los libros hay una sorprendente influencia de James Thurber, en sus poemas la lírica beat estadounidense se esparció por la "aldea global". Pero en sus letras manejó tantos estilos como en su música. Existe una hermenéutica de Lennon, cabalistas que pretenden haber llegado al sentido último, al mensaje cifrado.

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Uno de sus intérpretes: Charles Manson.

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En 1944 Edmund Wilson escribió que la invención de la luz eléctrica había terminado con los cuentos de terror. En 1958 el adolescente Carlos Monsiváis dijo que el terror ya no surgía de los cementerios sino brotaba de las noticias. En 1967, el año cumbre de los Beatles, el momento en que el rock llegó a la apoteosis no alcanzada antes ni igualada después con el elepé Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, Ira Levin, un joven novelista sin mayores pretensiones literarias, descubrió en la modernización diabolizante y preapocalíptica del viejo terror una mina que sigue hasta nuestros días llenando de oro a los mercaderes. Levin escribió una novela, Rosemary's Baby. Transcurre en el edificio "Bramford". Todos los neoyorquinos identificaron el "Bramford" con el "Dakota" frente a Central Park. Contratado para filmar la película que se llamó en español La semilla del diablo, Roman Polansky la rodó en el "Dakota".

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Como Mark Chapman —que tenía 13 años en 1968 y nació en 1955 durante el apogeo de Elvis Presley— Charles Manson pretendió ser estrella del rock. Al fracasar quiso convertirse en algo más, en Anticristo del popapocalipsis y creyó que los Beatles le transmitían mensajes en clave. Los cuatro ángeles de rostro de hombre y cabellos de mujer de que habla San Juan eran los Beatles; el fuego, humo y azufre que salía de sus bocas, sus canciones; sus corazas de hierro, sus guitarras. "Y fueron desatados los cuatro ángeles que estaban preparados para la hora, día, mes y año, a fin de matar a la tercera parte de los hombres". Es decir, interpretó Manson, a los blancos.

En White Album. el disco que los Beatles publicaron en diciembre de 1968, Manson creyó ver una orden dirigida personalmente a él, sobre todo canciones como "Sexy Sadie", "Blackbird", "Piggies", "Revolution" (1 y 9) y "Helter Skelter". Como se recordará, esta última expresión idiomática que puede traducirse "con prisa desordenada" o tal vez con el lacónico mexicanismo "relajo", fue escrita con sangre en las paredes de la casa de Sharon Tate, la esposa de Polanski, a manera de rúbrica de la espantosa matanza. Al día siguiente de la llegada a la Luna, el sueño empezaba a agriarse con un crimen atroz en que no tienen culpa los Beatles en general ni Lennon en particular. Sin embargo, un novelista terrorífico difícilmente habría ideado simetrías más escalofriantes entre el asesinato de agosto de 1969 y el de diciembre de 1980. En el centro del drama se yergue, más ominoso aun que en la película de Polanski, el sombrío edificio "Dakota".

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Nadie es excepción de nada. Todos estamos en peligro de todo.

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"Sociedad del espectáculo". La religión electrónica e impresa erige dioses fugaces hechos de ondas y de papel. Nos fascinan y a la vez nos oprimen: nos exaltan y humillan; compensan nuestras infinitas frustraciones y las ahondan. Qué tragedia no tener el cuerpo de Bo Derek o la cara de Robert Redford o el talento incomparable, el aura mágica, los millones y millones de John Lennon (quien por su inmensa fortuna califica entre "the mighty British" en la nomenclatura de Town and Country). Tanto brillo, tanto éxito, tanto dinero, tanta fama representan una invitación constante a la locura del antihéroe, nuestro contemporáneo; a la paranoia del iconoclasta en el sentido original del término. Diabolismo del pobrediablismo: Si no puedo hacer, destruyo. Si no puedo ser, hago que otro deje de ser. Así me vuelvo más fuerte que los fuertes. Gracias a la democratización de la pistola, soy como Dios: tengo poderes de vida y muerte. Eróstrato, grabo mi nombre en la historia; o al menos soy famoso —soy como ellos, soy uno de ellos— durante quince minutos. No hay muralla, no hay guardias que puedan contra mí, contra Abbadón, el ángel exterminador, el ángel de la muerte. Apocalypse now, 'Helter Skelter'. Quemo lo que he adorado. Al inmolarlo me inmolo en su hoguera. Me enciende su gloria. Ahora ya nadie podrá separar mi nombre del suyo.

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Poema anónimo mexicano (agosto de 1970). The dream is over: "Se acabó el elepé. / Hoy recomienza/ la pesadilla de la historia."

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Proceso, No. 215, 15 de diciembre de 1980.

sábado, 23 de julio de 2011

Ayala Blanco, el hombre "que deshace el cine"...

“Yo siempre digo que lo que puede hacer un crítico es aclarar las películas oscuras y oscurecer las claras”.

Jorge Ayala Blanco
La misma escena se repite desde hace 47 años: se levanta a las 5:30 de la mañana, se pone sus lentes de contacto y antes de rasurarse, prende su computadora y se pone a teclear dos horas y media. Desayuna. Sale al CUEC a impartir "Historia del cine" y "Análisis cinematográfico". En caso de no tener que acudir a alguna función de prensa, regresa a su hogar para seguir con la investigación de sus libros. Asegura que en toda su vida ha visto alrededor de 18 mil películas.



Referencia obligada al hablar de crítica cinematográfica. Desde hace 22 años escribe su columna “Cinelunes Exquisito” para el periódico El Financiero. Ha publicado un total de 26 libros, todos ellos considerados aportes fundamentales para entender el cine nacional e internacional. Es Jorge Ayala Blanco, egresado de la carrera de Ingeniería Química en el IPN, y quien presume, a sus 69 años: “es formidable poder vivir de lo que quiero”.

El crítico de cine refiere una anécdota, “de cuando chavo”, que le marcó la pauta en lo que sería su profesión de por vida: “la gente sabia vive desde su juventud como si ya fuera jubilado. Pregúntate qué harías si ya tuvieras toda tu vida resuelta, qué harías con tu tiempo, a eso es a lo que deberías dedicarte”. Ayala Blanco, en consecuencia, se asume como jubilado desde sus 21 años.

Es, además, un hombre disciplinado gracias a lo cual se ha desarrollado en los planos de investigador y crítico de cine. Señala que la disciplina es triple, ya que “comienza desde la idea de que si llego un minuto después de que comenzó la película ya no entro a la sala, como una especie de autocastigo”. Refuerza su parecer con una clara analogía: pienso que estoy empezando el libro desde el capítulo dos”.

Efraín Huerta
Como buen crítico que es, expone algunas particularidades muy propias de quienes se desempeñan en este ejercicio: “en México, a diferencia de otros países, no hay especialistas en un tipo de cine, y tenemos que ver de todo. Aunado a que no hay espacios para publicar artículos periodísticos sobre cine mexicano”.

Acerca del momento en el que se gestó en él la de idea de escribir crítica de cine, rememora: tenía 12 años y ocho meses de que descubrí un periódico que se llamaba El Fígaro, salía los domingos, donde escribían una critica cinematográfica y una cartelera completa sin formar, después supe que era escrito por Efraín Huerta”.




El también autor de Cine norteamericano de hoy, Falaces fenómenos fílmicos, A salto de imágenes, El cine: juego de estructuras, El cine invisible, El cine actual, desafío y pasión y El cine actual, palabras clave, es propenso a reinterpretar y recrear, mediante su propia sensibilidad, toda película convertida a su vez en objeto de estudio. Lo que hace es “desmontarla en cada secuencia, en cada plano, para completar el ciclo biológico del espectáculo cinematográfico”.

Empero, Ayala Blanco no se encuentra exento de influencias, como es de suponerse. “Mi estilo sería un poco a imitación de los críticos de las revistas francesas.” La gente que más ha influido en él, según resalta, son Salvador Elizondo y Efraín Huerta. Antes de cumplir los 21 años de edad, Ayala Blanco ya escribía sus reseñas para el suplemento “México en la cultura” del periódico Novedades, publicación que dominaba la mafia de Fernando Benítez.

José Emilio Pacheco
Posteriormente, gracias a la amistad trabada con José Emilio Pacheco, entraría a trabajar “en el suplemento de la mafia “La cultura en México”, del semanario Siempre!, permaneciendo ahí 17 años”. Dejaría la publicación con la salida de Carlos Monsiváis en la dirección de la revista. Para cuando llega al diario El Financiero los lunes escribía de cine extranjero “con un lenguaje más conceptual” y los miércoles escribía “con otro tipo de lenguaje que era para hablar de películas mexicanas”. Eran los “Cine lunes exquisitos” y los “Cine miércoles populares”.

Arturo Ripstein
Anécdotas que marcan: corría el sexenio de Carlos Salinas, cuando el director de cine Arturo Ripstein interpuso en 1991 una demanda judicial por difamación contra Ayala Blanco por una reseña negativa a su película Mentiras piadosas (1988). El cineasta mexicano exigía 20 millones de pesos porque el texto de Ayala Blanco lo había dejado sin empleo.

El profesor del CUEC dijo que la cinta era un “agrio y airado desprecio clasista”, “suicidas caprichos creadores”, “pataleta pírrica”, “racismo omnímodo”. Para Ayala Blanco, Rispstein filmó “las más tediosas películas del cine nacional”. Al final, la demanda no prosperó.

“Imagínate el poder que puede tener un crítico de cine. En ese momento me convertí en el desempleador de cineastas. Por eso me llevaron a los tribunales, por daños morales y patrimoniales, ya que lo dejé sin trabajar dos años. Ese es el grado de odio que uno puede generar al escribir críticas de cine con un lenguaje abstruso. Lo que ocurrió con todo esto es que me estaban pasando la cuenta por escribir 30 años crítica de cine por la libre”.



Acerca del eternamente denominado “Nuevo Cine Mexicano” apuntala lo siguiente: “El verdadero cine mexicano es el que compras con el pirata de 10 o 15 pesos”. Expone claramente su desencanto acerca de esta trillada fórmula sexenal. Ninguna de las películas que se hacen actualmente recupera su inversión. “Ya no existe el cine mexicano popular”.

Curiosamente, a este crítico, investigador y profesor se le otorgó la Medalla Salvador Toscano el 7 de mayo pasado. Fiel a su costumbre, a contracorriente, señaló sentirse orgulloso del citado reconocimiento porque es la primera vez que se lo dan a un hombre “que no hace cine sino lo deshace”.