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martes, 2 de noviembre de 2021

"Ausencia" │Víctor Roura

Hace aproximadamente dos horas
Tomé la decisión de no volver más a la casa
Sé que no tienes por qué saberlo
Pero justamente hace dos horas
Estuve haciendo el amor en tu ausencia


Sé que hago mal en decirlo
Porque bien pudiera evitar la torpe explicación
Pero he vuelto a creer en que los sueños son decisiones
personales
 
Sí
Como nos decíamos en un principio
Nosotros somos los hacedores de nuestros sueños

Y he de reconocer que eso ya lo estaba olvidando

— Víctor Roura

viernes, 31 de enero de 2020

“Susurros bajo la almohada” - Víctor Roura (II)

No sé de ti
todas las noches,
no sé qué lugar
ocupo en tu desnudez,
ignoro si en tus sueños
miras mis ojos.

¿Por qué a veces
te siento tan lejos
o es que tu vuelo
de ave sigilosa y furtiva
es tan raudo que pasas muy cerca
pero no me hablas y no siento
tu aliento de rosas
debido al viento que me toca?



“Susurros bajo la almohada” - Víctor Roura (I)

No puedo, amor,
sino respirarte
cuando tu ausencia

Me crece en el cuerpo.
es una tortura el deseo,
y no lo digo como una suposición.



jueves, 30 de enero de 2020

“Ojos Caídos” - Víctor Roura

Besó su pie,
besó su tobillo,
besó su rodilla,
besó su pierna,
besó su ingle,
besó su vientre,
besó su ombligo,
besó su seno,
besó su cuello,
besó sus labios,
besó su nariz,
besó sus ojos,
besó su frente,
besó su cabello

y se despidió de ella para siempre.

— “Ojos Caídos”, Víctor Roura



"Una muchacha con dos objetos" - Víctor Roura

“Ahora, solitaria –mirando hacia

adentro, sombría–, no se puede

enamorar: sólo sueña que ama”.

—  Fragmento de
Una muchacha con dos objetos,
Víctor Roura.



domingo, 3 de febrero de 2019

lunes, 18 de septiembre de 2017

Saber mirarlas...


Hay hombres que dicen ser poetas
Hay mujeres que, siéndolo, callan.
Basta con saber mirarlas para saber si lo son o no
A las poetas no se les pregunta nunca si lo son
En todo caso, se les toma de la mano y se recorre
Con ellas una parte del camino…


Víctor Roura


viernes, 22 de julio de 2011

"Medio siglo" (con permiso del maese Roura)

Libros. Poesía. Música. Letras...
Pero aquí estoy, me dije,
y no sé si aún respiro
como ayer, como un lustro.
Me he levantado para andar
entre mis adorados muertos.
La apariencia me delata,
sin embargo. Porque por dentro
soy un hombre con la ilusión
de la mentira. Escucho, miro
con la ingenuidad del niño
que no sabe que ha crecido.
Y mi piel tiene medio siglo.
Aquí estoy después de mis muertes,
de haber sentido los vientos
de la aniquilación, del aire
que deletrea los insomnios
de las arrebatadas cuatro
estaciones que tensan, raudas,
la vida, tu vida, la mía.

martes, 31 de mayo de 2011

(Con el permiso del maese Roura)

Rescate bibliográfico: "No es que quiera inmiscuirme en su vida, disculpe usted, pero ha de ser asombroso dormir a su lado. Y no es una propuesta. Sólo que me he quedado mirándola y he visto en sus ojos el misterio de la noche. Me figuro que un hombre debe entrar con sigilo en su cuerpo. Estar horas hablando de la caída de la lluvia o de los ríos que inundan la intimidad de las alcobas o de los minutos que yacen a un costado de las ventanas húmedas. Qué sé yo. Hablar para no decirse cosas sino para mirarse un poquito más adentro. Creo que con usted, y perdone la descortesía de la observación, a veces ni siquiera es necesario platicar. Sino caminar. Tal vez andar con los pies descalzos sobre el pasto mojado o sobre la arena sin tocar el mar. Quizá sólo sea necesario rozar sus manos para descubrir su nocturnidad. Porque el misterio que está oculto en sus ojos encierra innumerable sorpresas. Así eran los ojos de Edgar Allan Poe, seguramente. Y no digo de mujer alguna porque me quiero quedar con la idea de que es usted la primera con esa mirada".

"Las Treintañeras"

Primer rescate hemerográfico: El año es 1997. Corren días de misoginia. No parece haber forma de encontrar una salida viable a todo el caos que atraviesa mi vida. Me he desesperado, nuevamente, por causa y efecto del trabajo. No obstante, hay un lugar para que el placer se dé. Estoy leyendo, a hurtadillas, la sección – mi preferida y degustada sección cultural de El Financiero. Pareciera ser un día común y corriente. Me encuentro con las líneas de Eusebio Ruvalcaba. Su columna, en ésos días, se llama “Erika”. Es de lo mejor que tiene la sección. Vaya con el olfato periodístico del buen Víctor Roura al momento de seleccionar colaboradores. Ambos, Ruvalcaba y Roura, me acompañaron en no pocas ocasiones, a lo largo de mi vida. Sus puntos de vista acerca de las féminas, y sus experiencias con ellas, vertidos en sus respectivas columnas me dieron pie a no pocas líneas, de mi propia autoría, hoy desterradas de mi vida. Existe, sin embargo, el reconocimiento pleno a ése par de bohemios y melómanos que, desde la primera vez en que los leí no supuse jamás la trascendencia que habrían de alcanzar en mi vida. Rescato, entonces, la columna integra de Ruvalcaba. Hela aquí…

"La monogamia las pone contra la pared, por lo que no tienen más remedio que engañar a su marido. Hay quien dice que este engaño les produce inefable felicidad; más bien entran en conflicto, pues muchas, la mayoría de ellas, son conservadoras por definición – cuántas no, guiadas por un moralismo absurdo, terminan confesándole a su esposo aquel desliz (con lo que de paso devastan su matrimonio). Pero de pronto se sienten tan bien, con ese “gran peso que se les ha quitado de encima”.
"Las mujeres treintañeras están en edad clave. Por fin la belleza ha delineado sus formas definitivas; así, la treintañera no da más sorpresas: la delgada, ya no engordará, y la obesa no adelgazará; mas todas consideran su arreglo una suerte de conjuro: se esmeran en escoger el vestuario que mejor les va, en pintarse con singular maestría – aun las que lo hacen en el Metro – o peinarse con sencillez proverbial; también su modo de ser se afina, como un instrumento con el cual habrá de darse el magno concierto. La coquetería perfila su ángulo más sutil: entonces muestran, casi por mera displicencia, casi sin querer, una bienvenida y una buena dosis de muslo, o, si se corre con suerte, del nacimiento de los senos. La sonrisa entera en este rubro de la treintañera sugestiva: es discreta y provocadora, como si llevara implícita la más cachonda de insinuación. Bien podría decirse que ninguna otra mujer despliega con tal sabiduría su sonrisa; o su risa, más si se prefiere. Pero antes que otra cosa, la treintañera domina todos los trucos de la seducción: mira sin mirar, escucha con atención extraordinaria cuando en el fondo no está oyendo nada, promete con sólo mostrar la lengua entre los labios. Le urge gustar, causar ciertos y muy tenues comentarios, ser aceptada por su físico – hacia allá han ido encaminados sus treinta años - ; pero también por su cabeza. Justo a sus treinta años la mujer descubre la música, la literatura, la sociología. Son las que más frecuentan las librerías, las que hacen largas filas para entrar a las exposiciones, las que leen detenidamente la contraportada de los compactos de buena música.

"La mujer de treinta años apunta sus juicios sobre el varón como lo haría un dictaminador sobre una obra literaria, tal cual, con esa solvencia que nadie ha autorizado pero que todo mundo acepta, algunos con más resignación que otros.

"La treintañera se encuentra en la intersección entre la mujer joven y la madura. Así, lo mismo despierta un deseo insoslayable en la cabeza del jovencito que en la del ciencuentón. Porque cristaliza los sueños de uno y otro. O porque podría cristalizarlos, si se decidiera. Pero es cauta; tarde o temprano engañará a su esposo, pero, según ella, lo hará guiada por el amor. Porque le echa la culpa de todo al amor. Bueno o malo, el amor parece apuntalar cada uno de sus actos. Si no la aman, encontrará en su carencia la congoja y la desdicha; si la aman, denostará de ese amor: querrá ser amada de otro modo, en otro tenor. Es una inconformidad natural, que por fin se manifiesta en la mujer de esta edad: porque se da de topes en la pared por la educación innoble en que ha sido forjada: una cerrazón sexual que la encarcela y la hace abominar las costumbres anquilosadas. Quiere amar en todas las formas, en todos los modos, quiere probar todo en la cama, experimentar, explayarse, disfrutar todo lo que su capacidad le dicta, y los años pasan y ve con alarma que las cosas siguen igual. Que aquella experiencia no llega.

"Irremisiblemente, la mujer de treinta años descubre que se equivocó de hombre. Atisba a las virtudes de su marido, las comenta y sonríe cuando habla de ellas: es lindo, es cariñoso, es inteligente y tiene un buen trabajo, pero le falta algo, aunque no sepa muy bien qué; sea como fuere ese hombre, le falta algo.

"La fidelidad es la ruina del matrimonio. El camino más expedito para conducir un matrimonio al fracaso es guardar bajo llave el precepto de la fidelidad. Y la mujer treintañera lo asume con rabia. Aun a esa edad, no se explica por qué no es libre de acostarse con los hombres que le gustan: quisiera hacerlo, sueña de pronto con algún amigo de su esposo: hace el amor con su marido, y piensa que está en los brazos de ese otro. Y en su cabeza y en su corazón se va fraguando cierta amargura inabolible. Se conforma entonces, se resigna, mientras el deseo termina de fincarse como raíz de un árbol; se conforma con sonreírle, con mirarlo de soslayo, con atenderlo en aquella cena; hasta que él se percata y las cosas se precipitan.

"La treintañera es administradora ideal. Sabe sacarle el mejor jugo al dinero: revisa las cuentas en los restaurantes, discute cualquier medida que considere un atropello, pelea a muerte los abusos bancarios. Una mujer treintañera lleva a su hogar – cuando en efecto vive en su casa y hace ahí su vida – con creces. El hombre que tiene por esposa a una mujer así puede vivir tranquilo. Sabe que no pasará aprietos. Que siempre habrá dinero y, por ende, tranquilidad.

"Si ama, y cuando ama, la mujer treintañera es absolutamente solidaria. Va con su hombre – sea su marido o no, eso es lo de menos – hasta el quinto infierno; por sus venas corre, finalmente, esa pasión indomeñable. Y cuando encuentra un hombre con el cual establece una afinidad intelectual y espiritual entrañable, inequívoca, se da para siempre. Así sea que sufra decepciones o engaños, la mujer treintañera enamorada construye, paso a paso, la mejor vida amorosa. Que es la suya".