(…)
Mi cuerpo se desplazaba.
Quien escribía tenía
que ser un receptáculo, divino,
un pararrayos.
Porque había una voz cósmica
que,
se suponía,
llegaría a habitarme y a hablar por mí.
Ése era el acuerdo.
O
el mito.
Ésa era la invocación.
- Mónica Nepote


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