Los vínculos de Leonard Cohen con Bob Dylan eran obvios: judíos, literarios, una inclinación por las
imágenes bíblicas, la tutela de John Hammond,
pero el trabajo era divergente.
Dylan, en sus primeros discos, se desplazaba
hacia un lenguaje más surrealista, asociativo y libre así como el furioso abandono del rock and roll.
Las letras
de Cohen, por su parte, no eran menos imaginativas o cargadas, no menos irónicas o autoinvestigatorias, pero era más
claro, más económico y formal, más
litúrgico.
Durante décadas, Dylan y
Cohen se vieron de vez en cuando. A principios de los años ochenta, Cohen fue a
ver a Dylan a tocar en París, y a la mañana siguiente en un café hablaron sobre
su último trabajo.
Dylan estaba especialmente interesado en "Hallelujah". Incluso antes
de que otros “artistas” hicieran famoso a "Hallelujah" con sus
versiones, mucho antes de que la canción fuera incluida en soundtracks y como elemento básico en reality shows, Dylan reconoció la belleza de su matrimonio de lo
sagrado y lo profano.
Le preguntó a Cohen cuánto le llevó escribirla.
"Dos años", mintió Cohen.
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